Canto de Comunión y Postcomunión
- Canto Poscomunión
- Alma de Cristo
- Adestes Fideles
- A Dios de gracias los pueblos
- Alégrense
- Aquí hay un muchacho
- Cada vez que te recibo
- Con nosotros esta
- Cristo
- Cristo te necesita
- Dios es fiel
- El Bautismo de Cristo en el Jordán
- El diario de María
- El Señor nos invita ya
- En Jesús puse toda mi esperanza
- Es mi cuerpo
- Este es el ayuno
- Eucaristia milagro de amor
- Iglesia sencilla
- Jesús el buen Pastor
- Juntos para soñar
- La familia sagrada
- Mi alma espera en el Señor
- Milagro de amor V1
- Milagro de amor V2
- Mi vida en oblación
- Nadie te ama como yo
- No podemos caminar
- Oh buen Jesús
- Pan de ángeles
- Perdón, perdón, perdóname Señor
- Pescador de hombres
- Por la calzada de Emaus
- Porque nos invitas
- Pueblo de reyes
- Sagrado Corazón
- Señor a quien iremos
- Soís la semilla
- Tan cerca de mí
- Un mandamiento nuevo
- Una espiga
- Ven libertador
- Vive Jesús
- Viviré
- Ya no eres pan y vino
- Yo soy el pan de vida
Partido el pan en el Rito de la “fracción”, se ora en silencio antes de comulgar para, como dice el Misal, hacernos conscientes de lo que vamos a recibir y recibirlo con fruto. A continuación, el sacerdote muestra a los fieles el pan consagrado diciendo: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.». Con este gesto comienza propiamente hablando el Rito de comunión. El pueblo responde con las palabras humildes y confiadas del centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.». No se trata de una invocación sino de un anuncio e invitación a la fe de los participantes a los que el sacerdote proclama bienaventurados por haber sido llamados a la cena del Señor.
Mostrado el pan partido (hay que recordar que el Misal no dice que se recomponga la hostia partida en dos mitades, como se hace en muchos lugares, sino que se muestre el pan partido para darlo en comunión) se procede a la comunión propiamente dicha, primero del sacerdote y a continuación de los fieles. En este momento se inicia la tercera procesión de nuestra celebración, la de comunión (las otras dos son la de Entrada y la de Ofertorio). Este ponerse en marcha para la comunión tiene un rico significado para la Iglesia pues representa el movimiento del pueblo entero hacia su Señor, hacia la mesa fraterna en donde está el Pan de la unidad. La comunión eucarística, aun siendo un acto individual, significa y realiza la unión de los fieles, la comunión eclesial.
Al recibir la comunión volvemos a pronunciar el Amén, esa fórmula tradicional de asentimiento mediante la que manifestamos nuestra fe en aquello que estamos realizando. «Con tu respuesta ─dice Teodoro de Mopsuestia─ afirmas la palabra del pontífice (“El Cuerpo de Cristo”) y sellas la palabra del que te da.». «No es sin motivo que tú dices “Amén”, reconociendo en tu espíritu que recibes el cuerpo de Cristo. Cuando tú te presentas, el sacerdote te dice: “El Cuerpo de Cristo”, y tú dices: “Amén”, es decir, es verdad. Lo que tu lengua confiesa, que lo afirme también tu convicción.» (San Ambrosio)
El canto de comunión
El canto de comunión es uno de los más antiguos y el que durante más tiempo se ha conservado. Comenzó a introducirse en algunas iglesias en el siglo IV siendo definitivamente admitido en Roma en el siglo V. Al principio se cantaba siempre el salmo 33 con su antífona «Gustad y ved que bueno es el Señor.». A partir del siglo VI comenzó a variar de texto con cantos no salmódicos (himnos de creación personal, poéticos, normalmente de inspiración bíblica), pero Roma permaneció fiel al canto de los salmos, usados ya con mayor abundancia (no sólo el salmo 33) y teniendo en cuenta el tiempo litúrgico. Se cantaban durante la procesión de comunión hasta el siglo XII cuando, al reducirse tanto el número de fieles que comulgaban, el salmo fue perdiendo versos quedándose reducido casi exclusivamente a la antífona. A partir de ese momento, esta antífona empezó a cantarse después de la comunión convirtiéndose en lo que se conoce como “antífona de post-comunión” o canto de “acción de gracias o alabanza”. Estas antífonas normalmente aluden a la Liturgia de la Palabra del día y en otras ocasiones vienen a ser como la sedimentación sacramental y el remanso oracional de cada eucaristía.
La antífona de comunión propiamente dicha es la que se realiza justo antes de dar la comunión que, si no se canta, debe ser leída o por los fieles o por el propio sacerdote después de comulgar él y antes de dar la comunión a los fieles. Si se canta, se hace a modo procesional mientras se reparte la comunión a los fieles.
La Ordenación General del Misal Romano recoge este momento diciendo: «Mientras sacerdote y fieles reciben el Sacramento, tiene lugar el canto de comunión, canto que debe expresar, por la unión de voces, la unión espiritual de quienes comulgan, demostrar, al mismo tiempo, la alegría del corazón y hacer más fraternal la procesión de los que van avanzando para recibir el Cuerpo de Cristo. El canto se comienza cuando comulga el sacerdote, y se prolonga mientras comulgan los fieles hasta el momento que parezca oportuno. En el caso de que se cante un himno después de la comunión, ese canto conclúyase a tiempo. Se puede emplear o la antífona del Gradual Romano, con salmo o sin él, o la antífona con el salmo del Graduale simplex, o algún otro canto adecuado, aprobado por la Conferencia Episcopal. Lo cantan los cantores solos o también los cantores, o uno de ellos, con el pueblo.» (OGMR 56i)
La música del canto de comunión
El canto de comunión ha de ser un canto sencillo y fácil de modo que pueda se cantado por la asamblea sin necesidad de ir en procesión con el cantoral litúrgico en la mano.
La forma musical preferida ha de ser la de la estrofa seguida, es decir, sucediéndose una a la otra sin intercalar continuamente el estribillo. Si escogemos la forma responsorial hemos de procurar que el estribillo sea sencillo y que contenga en su texto el mensaje central del canto.
Es un canto procesional por lo que no puede ser de carácter intimista-oracional. Para ello tenemos el canto de post-comunión. Sin embargo, aun siendo un canto procesional, ha de ser de tiempo lento, pausado (el andante es un tempo muy adecuado), que favorezca el clima de comunión con Dios y de fraternidad con los hermanos. En cuanto a la tonalidad, es indiferente que sea en tono mayor o menor siempre que dé sentido de marcha.
El órgano tiene un papel importante en el canto de comunión ya que acompaña el sentido procesional del mismo sobre todo cuando el pueblo no canta y se comulga en silencio o cuando se intercalan momentos musicales entre las estrofas del canto para alargarlo durante la comunión.
Cuando el número de comulgantes es alto la procesión se suele alargar bastante. En este caso no es recomendable enlazar dos o más cantos para alargar este momento ya que normalmente se utilizan cantos que no tienen nada que ver entre sí. Es preferible utilizar un solo canto intercalando momentos de silencio e interludios musicales; incluso, cuando se han cantado todas las estrofas, se pueden repetir algunas de ellas que tengan una relación más estrecha con la liturgia del día. No hay que cantar precipitadamente las estrofas como el que tiene que cumplir con un expediente. Hemos dicho que es un canto lento y pausado que acompaña un momento procesional. Tampoco hay que alargarlo innecesariamente cuando ya ha terminado la comunión de los fieles.
El canto de acción de gracias o post-comunión
«Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato recogidos. Si se prefiere, puede también cantar toda la asamblea un himno, un salmo o algún otro canto de alabanza.» (OGMR 56j).
Este momento es uno de los más indicados para guardar “silencio sagrado” alabando a Dios y orando, gustando el don recibido, asimilándolo, agradeciéndolo. Este momento de oración afecta tanto a la asamblea como al celebrante quien no debería estropear este momento haciendo en el altar lo que puede hacer en otro lugar e incluso más tarde, cuando se haya despedido al pueblo (OGMR 120). Lucien Deiss dice que «resulta altamente deseable que el sacerdote no contamine el tiempo de silencio posterior a la comunión “purificando” en ese momento la patena y el cáliz. Esa purificación está prevista pero no tiene nada de celebración.».
Si se prefiere, dice el Misal, puede entonarse un himno o canto de alabanza. Éste ya no es un canto de comunión procesional sino un canto meditativo-oracional, por lo que no exige la participación de la asamblea; puede ser entonado únicamente por el coro o los solistas. Es un momento apropiado también para sentarnos a los pies de Jesús con María, su madre y rezar como la primitiva comunidad cristiana reunida en el cenáculo. Aquí podría cantarse el tan discutido Avemaría u otros cantos polifónicos marianos, especialmente en las fiestas marianas. En cualquier caso hay que respetar siempre el carácter oracional de este momento por lo que hay que seleccionar muy cuidadosamente las letras y melodías de los cantos. No olvidemos que es un momento de silencio y de acción de gracias.
LITURGIA EUCARÍSTICA: COMUNIÓN Y ACCIÓN DE GRACIAS (2014, 22 de febrero)
https://musicaliturgia.wordpress.com/2014/02/22/eucaristia-y-musica-liturgia-15-liturgia-eucaristica-comunion-y-accion-de-gracias/
